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EVASIÓN O VICTORIA
Fue una película inolvidable… y la traigo a este artículo con la intención de provocar una reflexión crítica que, seguro, comprenderás al final.
La tarta que genera la industria turística en Canarias es inmensa. Pero quizá ha llegado el momento de dejar de mirarla solo en términos de tamaño y empezar a preguntarnos cómo está hecha realmente: cuáles son sus ingredientes, qué porciones nos comemos de verdad los canarios, quién se queda con la guinda —el chocolate o la fruta—, cómo la digerimos y, en definitiva, qué tan saludable es esta dieta económica.
Como cualquier industria, en el proceso de generación de valor se producen lo que en economía se denominan fugas (economic leakage, ampliamente analizado por ONU Turismo, especialmente en economías insulares en desarrollo). Es decir, a medida que se produce un bien o servicio, parte de los ingresos se escapan. Hasta ahí, nada sorprendente: no controlamos toda la cadena de valor, ni probablemente podamos hacerlo.
La pregunta relevante es otra: ¿cuán larga es esa cadena?, ¿cuántos eslabones genera la actividad turística?, ¿cuáles controlamos hoy… y cuáles podríamos llegar a controlar o al menos, participar?
En Canarias estamos acostumbrados a manejarnos con tres o cuatro grandes cifras del turismo —todas ciertas y muy relevantes— que combinamos convenientemente según el debate:
Más de 18 millones de turistas en 2025.
Más de 23.000 millones de euros de facturación turístico.
En torno al 40 % del empleo, directo e indirecto.
Más de 3.000 millones de euros de recaudación fiscal sólo por la actividad turística, que no olvidemos, se transforman en carreteras, sanidad, educación y servicios públicos.
Son números clave para entender nuestro tamaño, nuestra posición y, sobre todo, nuestra enorme dependencia económica y social del turismo. Pero merece la pena rascar un poco más.
Si en el año 2000 la renta per cápita de Canarias se situaba en el 94 % de la media nacional y hoy ronda el 78 %, tras décadas muy favorables para nuestra principal industria, es difícil no concluir que algo estamos haciendo rematadamente mal. Los datos de vivienda, desempleo y exclusión social lo confirman. Sabemos que la maquinaria de redistribución de la riqueza no funciona especialmente bien y que los salarios medios de buena parte de ese 40 % de empleo turístico están lejos de lo deseable. Es nuestra pesada contradicción, un contundente éxito turístico que no lo es tanto…
Uno de nuestros principales problemas —como apuntaba al inicio— está en la cantidad y el tamaño de las “grietas” del sistema turístico que hemos construido. Hemos puesto el acento en ser un destino estupendo, en ofrecer un servicio excelente y en contar con trabajadores formidables. Incluso hemos logrado contar con un núcleo de empresarios locales con hoteles propios, muchos de ellos procedentes del sector de la construcción.
Pero del resto de la cadena… se ocuparon otros. Y ese “resto” resulta ser gigantesco.
De forma muy esquemática, la tarta turística canaria se reparte, aproximadamente, así:
Turoperadores y agencias (15–25 %): comisiones por comercialización y marketing.
Transporte (20–30 %): en un destino insular, las aerolíneas absorben una parte crítica del presupuesto.
Alojamiento (30–40 %): la mayor porción, aunque muy condicionada por costes operativos e importaciones.
Gasto en destino (10–15 %): comercio local, restauración, ocio… La parte con mayor efecto multiplicador… y, paradójicamente, la más pequeña en el modelo de turismo de masas.
Este es un primer nivel de reparto de las porciones de la tarta, pero luego vienen las fugas. Las principales son tres:
Fugas por importación: los hoteles necesitan productos —alimentación, tecnología, equipamiento— que no se producen localmente; algo nos queda, lógicamente, pero el grueso no.
Fugas por repatriación de beneficios: grupos hoteleros y operadores con sede fuera del archipiélago se llevan el beneficio neto.
Fugas por intermediación: plataformas de reserva y aerolíneas capturan valor antes incluso de que el turista pise suelo canario.
Probablemente, el mayor operador turístico de Canarias no tenga ni una cama ni un avión; Booking, que gracias a su enorme poder de mercado factura un porcentaje muy relevante de las reservas hoteleras del archipiélago. Eso ocurre cuando no se controla al cliente.
Esta es la foto que debería incomodarnos y empujarnos a actuar. Porque, no sé a ustedes, pero uno tiene la sensación de que podemos aspirar a bastante más.
Por eso son tan relevantes —y tan necesarias— las iniciativas de empresarios canarios que han intentado e intentan avanzar eslabones en la cadena: lanzar una aerolínea turística (que lástima!), crear startups tecnológicas apoyadas en nuestro expertise turístico, impulsar clústeres con vocación internacional, apostar por productos kilómetro cero y valorizarlos, turoperarse los hoteles a si mismos, desarrollar OTAs canarias o aprovechar herramientas como la RIC para modernizar la planta hotelera.
Todo ello aumenta nuestra competitividad, diversifica la economía apalancándonos en el propio turismo, retiene más valor en casa y nos da mayor control sobre nuestro destino. En pocas palabras: alcanzamos más soberanía turística.
Escuché hace poco a un político decir que el futuro de Canarias estaba “en el aire”. No lo decía en sentido peyorativo, sino refiriéndose a nuestra dependencia de los aviones, del petróleo, de la conectividad aérea. Pensándolo bien, creo que no es cierto. La conectividad es una consecuencia, no la causa. El origen de todo está en la demanda. Y en eso somos realmente buenos: durante décadas hemos sabido generar una demanda sólida hacia Canarias, en cualquier contexto.
El problema es otro: no controlamos al cliente.
Así que tapemos goteras, cerremos grietas y tomemos más control de nuestro ecosistema turístico. Trabajemos por nuestra soberanía, reduciendo en lo posible las fugas y la evasión de la riqueza que generamos.
Porque, al final, ya sabes cómo va esto: es EVASIÓN… o VICTORIA.

Temática: Turismo
Autor: Alberto Bernabé.
Economista por la Universidad de La Laguna, estudió un año en los Estados Unidos y posee un programa de alta dirección por el Instituto Bravo Murillo. En la actualidad, es Asesor Turístico y PwC Senior Advisor en España. Colabora en las temáticas de internacionalización y turismo.
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