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Se viró la tortilla (turística)
Leí hace poco que en Uruguay se lanzaron a lo que muchos bautizaron como el “plan imposible”: en menos de una década pasaron de depender del petróleo importado a producir casi toda su electricidad con renovables, dentro de una estrategia de Estado a largo plazo. Uruguay tiene algo más de 1,2 millones de habitantes más que Canarias y un PIB algo superior, así que no estamos hablando de un gigante inalcanzable, sino de un país que se lo tomó en serio.
No traigo el ejemplo uruguayo para poner los dientes largos, sino porque detrás hubo algo que aquí solemos mirar con escepticismo: pacto político duradero, colaboración público privada real y una hoja de ruta clara que se mantuvo en el tiempo. Es decir, cuando se quiere, se puede… y a veces, hasta sale bien.
Por otro lado, está la famosa Ventana de Overton, ese concepto que resume el conjunto de ideas que la mayoría considera “aceptables” en cada momento y cómo, poco a poco, lo que ayer era impensable puede pasar a ser normal o incluso popular. La ventana se mueve con el tiempo, y con ella se desplazan los límites de lo que se puede proponer sin que te miren como si hubieras desayunado algo raro.Mezclando ambas cosas —Uruguay y Overton—, te comparto una reflexión sobre el turismo en Canarias.
El turismo está en una encrucijada endiablada: por un lado, la sensatez dice que es y seguirá siendo la gran fuente de bienestar del archipiélago; por otro, la sensación ciudadana es que no está generando, ni repartiendo, la prosperidad de forma equilibrada ni entre las personas ni en el territorio. Esa brecha entre lo que el turismo aporta y lo que la gente percibe que recibe se ha convertido en una mezcla de frustración, desasosiego y cabreo más o menos silencioso.
La primera pregunta incómoda es: ¿de quién es realmente la responsabilidad? Mi primera respuesta es que desde luego no es, básicamente, “culpa” de la industria turística.Si no hemos sido capaces de lograr un mejor drenaje de los ingresos turísticos hacia nuestra gente y nuestro territorio, no es porque el turismo “se porte mal”, sino porque como sociedad —instituciones, empresas y ciudadanía— no hemos estado a la altura de nuestro propio éxito. Es una responsabilidad colectiva, canaria, que no se arregla señalando siempre al de fuera mientras miramos para otro lado en lo que sí controlamos.
Puede sonar simplista, pero la autocrítica tiene que subir al escenario, aunque sea a regañadientes. Lo cómodo es seguir buscando culpables profesionales: el turista, el inversor, el que viene de fuera, la vivienda vacacional… en lugar de mirarnos al espejo y revisar qué hemos hecho —o dejado de hacer— con cinco décadas de bonanza turística.
Llevamos años con un saldo poblacional positivo, incluyendo personas con alta cualificación que vienen a trabajar aquí porque encuentran oportunidades. El problema no es que ellos se busquen la vida, sino que nosotros no hayamos sabido construir, en todo este tiempo, la mejor oferta formativa posible, ni elevar de verdad nuestros estándares de competitividad profesional en todos los niveles: desde los puestos básicos hasta los mandos intermedios y directivos. ¿Cómo se explica que sigamos con altas tasas de desempleo?.
La presión de tanta población en un territorio limitado y frágil ha agravado problemas que hoy están en boca de todos: rentas medias que no despegan, vivienda tensionada y una movilidad que muchas veces parece un escape room sin salida. Por primera vez, la creencia de que “algo no cuadra” en la relación entre turismo y calidad de vida está muy instalada, incluso entre quienes tienen claro que el turismo sigue siendo la mejor opción económica.¿Qué ha pasado, entonces?
Que se ha desplazado la ventana de Overton del turismo: ideas que antes eran minoritarias o marginales sobre límites, tasas, decrecimiento o modelos alternativos hoy están en el centro del debate público. Lo que hace unos años sonaba a extravagancia hoy sale en tertulias, programas electorales y conversaciones de bar, sin necesidad de susurrar.
La metáfora del ascensor ayuda a verlo. Imagina el edificio canario con tres ascensores: el del turismo sube como un tiro, piso tras piso, sin apenas paradas. El social sube, pero a velocidad de montacargas viejo; y el del medio —el que debería transferir lo mejor de la economía a la vida de la gente— lleva tiempo averiado, con el cartel de “en mantenimiento” colgado.
Y otra vez, no vale mirar hacia otro lado. Ha habido esfuerzos de concertación, sí; pero los resultados muestran que no hemos sido lo bastante efectivos a la hora de implantar una visión estratégica de largo plazo compartida entre lo público y lo privado. Nos ha faltado velocidad, capacidad de anticipación y algo muy básico: ordenar mejor nuestro propio éxito para que no se nos volviera en contra.
Además, esta película no es exclusiva de Canarias; se proyecta en muchos destinos del mundo. Tan global es el fenómeno que el World Travel & Tourism Council (WTTC) ha publicado una guía específica para gestionar destinos masificados, con seis grandes líneas de actuación. En resumen, vienen a decir: esto no es un accidente, es gestión, o falta de ella.Las seis recomendaciones de la WTTC se podrían traducir a un lenguaje de andar por casa así:
Gobernanza: poner orden institucional, coordinar administraciones, abrir de verdad la puerta a la sociedad civil y a los actores privados, y dejar de cocinar las decisiones en despachos aislados. Cuando cada uno va por libre, el resultado suele ser un guion de desastre anunciado.
Planificación: decidir, con calma y con datos, qué futuro turístico se quiere y qué relación social, económica y ambiental se desea entre el territorio y el turismo. Si no se planifica, se improvisa… y la improvisación sale muy cara en destinos frágiles.
Data: acumular datos no es lo mismo que tener información útil; hace falta medir bien, interpretar mejor y decidir con rigor, no a golpe de intuición, titular o manifestación. Sin datos sólidos, la política turística se convierte en una sucesión de ocurrencias.
Anticipación: no basta con mirar el retrovisor; es imprescindible gestionar la información de manera dinámica y anticipatoria para ver venir los problemas antes de que revienten. Llegar siempre tarde al incendio sale más caro que prevenirlo.
Inversión inteligente: el turismo genera ingentes ingresos fiscales en todo el mundo, así que la clave no es solo recaudar más, sino dirigir estratégicamente lo que ya se recauda. La WTTC habla de las “4R”: reinvertir, reservar, responsabilizar y reportar, con transparencia y participación.
El turismo como proyecto compartido: quizá aquí está el corazón del asunto; si la gente no tiene la sensación clara de que el turismo mejora su vida, el modelo entra en zona de riesgo. El informe insiste en empoderar a la sociedad no solo en lo económico, sino también en lo psicológico y lo político, porque sin legitimidad social no hay sostenibilidad posible.
Después de 30 años en esta industria, mi propia ventana de Overton turística también se ha movido. Durante mucho tiempo pensé que lo primero, lo más importante, era el cliente: el turista, nuestro huésped, casi como si fuera un tótem al que todo se le debía. Hoy creo firmemente que, por encima de todo, importan las personas que vivimos aquí, y que la prioridad debe ser que cada vez seamos más felices… eso sí, haciendo muy felices a quienes nos visitan.
El orden de los factores si afecta al producto.
No se me ocurre mejor forma de lograrlo. Y, honestamente, tampoco se me ocurre otra manera de lograrlo.

Temática: Internalización y Turismo
Autor: Alberto Bernabé.
Economista por la Universidad de La Laguna, estudió un año en los Estados Unidos y posee un programa de alta dirección por el Instituto Bravo Murillo. En la actualidad, es Asesor Turístico y PwC Senior Advisor en España.
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